Los Buenos Mueren (por Diego Marasia)



El 10 de febrero de 2013 cumpliría años el desaparecido vecino de Aldo Bonzi, Eric Monti. Más de dos años pasaron desde su muerte y aún la justicia no logró encontrar al asesino. Pero la búsqueda continúa, al menos por parte de familiares y amigos del jóven atropellado. Lo que van a leer a continuación, es una crónica relatada por uno de los mejores amigos de Eric, Diego Marasia, quien eligió a AB Magazine Local para expresar sus sentimientos acerca de un amigo que vive, en su corazón.

Los buenos mueren

La vida dibujó una sonrisa en mi cara y en un minuto triste la borró como si nada.
“Un minuto” – Callejeros y León Gieco.

Eric estaciona la camioneta sobre Lino Lagos, la calle principal de Aldo Bonzi, casi llegando a la esquina donde se forma la intersección con Juncal. Nos dirigimos a una fiesta que se realiza en una casa sobre esa cuadra para festejar el Año Nuevo que recién ha comenzado. Nosotros, sus amigos, todavía nos encontramos en la cúpula del vehículo. Él baja y cierra con llave la puerta.

De pronto sólo logro escuchar dos sonidos: la voz de Leonardo gritando “Cuidado” y el ruido de un motor que se acerca a nosotros a unos 100 kilómetros por hora.

Giro la cabeza y veo todo. Un Renault 19 de color gris atropella a Eric. El cuerpo de mi amigo es lanzado por el aire unos veinte metros, como si fuera una pelota o algo de poco peso, mientras que el conductor se da a la fuga sin aminorar la marcha.

Me siento aturdido, no creo lo que acabo de ver. Inmediatamente en mi cabeza aparece la imagen de alguna trágica película en donde la vida de los protagonistas cambia de un momento a otro.

De golpe reacciono, oigo gritos, me arrojo de la camioneta con algunos amigos y corro hacia la esquina. La imagen que veo me termina de devolver a la realidad. El cuerpo de mi amigo yace sobre el pavimento y un charco de sangre se empieza a formar a su alrededor.

No estoy seguro de si aún está con vida, pero no me animo a acercarme.

“Mataron a Eric, lo mataron, vení rápido”. “No puede ser, llamen a una ambulancia, loco” son dos frases que no voy a olvidar por el resto de mi vida.

Todo comenzó a las 00.30 del primero de enero de 2011

Luego de haber cenado y brindado con mi familia llegaba la hora de juntarme con mis amigos. A todos ellos los conocí en Aldo Bonzi, un pequeño barrio de La Matanza.

A la hora señalada pasó a buscarme Eric Monti, un joven simpático y algo tímido de 24 años. Tuve la suerte de conocer a muchas personas, pero creo que nadie era tan bueno como él. Siempre estaba dispuesto para todo, era humilde y fue uno de los primeros en aceptarme cuando me integré al grupo.

Junto a él también se encontraban Leonardo, Ariel y Matías. Todos a bordo de una camioneta Chevrolet S10 de un color amarillo muy llamativo, que pertenecía al padre de Eric.

Saludé y subí a la cúpula de la camioneta. Nos dirigimos a lo de Horacio, o Hori para nosotros, en donde recogeríamos el resto de los chicos.

Aproximadamente a la 01.00 llegamos a destino. Allí nos esperaban el dueño de casa, Jean Paul y Diego.

En las calles se notaba el clima festivo. Muchos vecinos, los de mayor edad, charlaban en las veredas mientras tomaban algo, mientras que los más jovencitos tiraban el remanente de cohetes que todavía sobrevivía a los festejos.

Una vez que Hori y los demás subieron a la camioneta decidimos ir a una fiesta de una chica llamada Carla. Habíamos optado por no salir a bailar porque sabíamos que en Navidad y en Año Nuevo, los boliches están desbordados y se producen muchas peleas.

En el trayecto pasamos por la plaza principal del barrio. Mucha gente que se encontraba ahí, ya sea escuchando a la murga “Los Renegados” o solamente pasando un buen rato, nos saludaron alegremente. Bonzi es chico y casi todos nos conocemos. A pocas cuadras estaba el lugar en donde planeábamos festejar. Todos estábamos muy contentos, las bromas sobraban, no había motivo alguno para que fuera de otra manera. Los planes para la noche, aunque eran tranquilos, parecían buenos.

Hasta ese momento era un hermoso comienzo de año. Luego todo se oscurecería de la peor manera

El accidente nos explotaría como una bomba en las manos.

Lo que nunca imaginé está sucediendo.

Los primeros en reaccionar son Ezequiel y Jean Paul. Ellos suben a un auto y comienzan a seguir al Renault 19 que ha atropellado a nuestro amigo y se está dando a la fuga.

Enseguida el lugar se llena de gente, la mayoría vecinos que intentan ayudar. Casi de inmediato llega la familia de Eric. No sé bien que hacer, sólo actúo por instinto intentando consolar a los demás. Sin embargo, cuando los padres y la hermana llegan, me quedo inmóvil observando la situación.

Ezequiel, al que apodamos Copy, y Jean Paul regresan. Nos cuentan que no pudieron atrapar al culpable.

- Lo perdimos. Lo seguimos unas cuadras pero iba muy rápido. Seguro que conocía Bonzi porque parecía que tenía claro el camino - nos explican.

La ambulancia tarda demasiado. Suben el cuerpo a la camioneta y deciden llevarlo al hospital Los Cedros de Tapiales, que es el que más cerca se encuentra. El cuñado de Eric toma el volante, la madre lo acompaña en la cabina. El padre va en la parte trasera sosteniendo a su hijo.

Nos repartimos en distintos autos y los seguimos, yo voy con un conocido que se ofrece a llevarme. En pocos minutos llegamos.

Sólo la familia ingresa al hospital, nosotros nos quedamos en la vereda.

Temo lo peor, pero no digo nada. Nadie pronuncia una palabra, sólo nos sentamos y esperamos por noticias.

Luego de aproximadamente media hora la hermana sale y nos confirma lo que tristemente estaba dando vueltas en nuestras cabezas. Eric está muerto. Aunque los médicos intentaron los ejercicios de resucitación, todos fueron en vano. Además de diversas fracturas, tenía muchas heridas internas producidas por el golpe y suponen que falleció en el acto.

La escena es desgarradora. Llantos, lamentos y negación.

Durante un buen tiempo me encuentro en estado de shock. Recién me pongo a llorar cuando mi viejo, enterado de lo sucedido, llega al hospital. Su abrazo me permite descargar mi tristeza, mi impotencia y mi dolor.

La madrugada avanza y no nos movemos del lugar. No esperamos nada, sólo sentimos quedarnos allí.

Alrededor de dos horas después y tras los agradecimientos de la familia por haberlos acompañado en ese momento, nos retiramos.

Llego a casa y me acuesto. Me es imposible dormir, mi mente procesa todo lo sucedido una y otra vez. A las nueve de la mañana el sueño gana la batalla y me duermo.

Pequeñas y tranquilas calles de asfalto, casas de no mucha altura y un centro con pocos negocios. Eso es lo que puede verse en Aldo Bonzi.

Son las cinco de la tarde del lunes 3 de enero de 2011 y en la esquina en donde sucedió el accidente muchas personas comienzan a juntarse.

- Vamos a marchar por Lino Lagos hasta José Alico, ahí doblamos y nos paramos frente al destacamento de policía para pedir justicia - la que habla con una entereza admirable es Débora Monti, hermana de Eric, quien junto con algunos miembros de la familia encabeza y guía al grupo.

Rápidamente por medio de las redes sociales y del boca en boca se pudo organizar algo de tanta magnitud. Muchos medios de comunicación están presentes para cubrir los hechos.

En mis 19 años de vida nunca vi una movilización tan grande en el barrio. Familiares, amigos, conocidos y hasta gente de zonas cercanas, que no sabían quien era Eric hasta el momento del accidente, se unen para exigir respuestas por parte de las autoridades.

La marcha comienza, mientras caminamos aplaudimos en tranquilidad hasta llegar a la comisaría.

“Eric, presente, ahora y siempre” es el grito elegido para obligar al comisario a salir de su oficina. Esto no sucede. Sin embargo, invitan a Débora y a sus padres a ingresar a dialogar. No les dan muchas respuestas, solo la promesa de que harán todo lo que sea posible para encontrar al asesino.

Luego de varias horas nos retiramos sabiendo que volveríamos a manifestarnos.

Diez días pasaron. A pesar de las diversas marchas y de hacernos presentes en los canales de televisión para que el caso se expanda, todo sigue igual.

De pronto, mientras me encontraba almorzando, suena mi celular, el que me llama de manera agitada es Leo. Él era el mejor amigo de Eric, lo había incluido en nuestro grupo. Desde el fatídico momento no paró un segundo. Se ausenta con permiso al trabajo y está siempre dispuesto para lo que sea necesario.

- Diego vení rápido. Me acaba de llamar el cuñado de Eric. Le pasaron el dato de que hay un auto en La Tablada parecido al del accidente.

Corro a la casa, Leo ya me está esperando. Partimos hacía el lugar al cual nos dijeron que vayamos. Allí solo vemos un vehículo quemado. Por desgracia no es el que estamos buscando.

Este no es el primer lugar al cual acudimos por denuncias. Hemos recibidos numerosos llamados y la desesperación que nos invade por querer encontrar al asesino, nos ha hecho movernos más que la misma policía. Nos metimos en lugares peligrosos, villas y barrios precarios, pero nunca encontramos nada que nos pueda ayudar.

No recibimos ningún tipo de respuesta. Nadie vió nada, sólo hay unos pocos testigos que no llegaron a divisar la patente del Renault 19, ni la cara de la persona que lo manejaba.

La familia con permiso de la justicia revisa las cámaras de seguridad de las salidas del barrio, en ellas tampoco se observa nada.

Discutimos con la policía, no puede ser que nosotros, simples ciudadanos, estemos realizando su labor. Nos damos cuenta que estamos cada vez más solos en la búsqueda.

Comenzamos a sospechar y a sacar conclusiones propias. Tememos que alguien esté poniendo escollos en la investigación.

Una tarde charlando con Jean Paul, uno de nuestros amigos y una de las caras más visibles en la protesta, ya que asistió a diversos programas de televisión:

"El otro día fuimos a ver unos videos con Copy; cuando volvíamos nos paró un Palio Blanco. El que manejaba nos preguntó por el Cabin de Alsina. Ni siquiera sé dónde queda pero en Bonzi no hay nada parecido. Alsina no está ni cerca. El chabón era medio extraño; estaba vestido con ropa del ferrocarril. Cuando le contestábamos no nos prestaba atención, miraba la patente del auto de Copy todo el tiempo. De golpe sin decirnos ni gracias arrancó. Mientras se iba hablaba solo; tenía auriculares, creemos que estaba hablando por manos libres. ¿No es sospechoso? Como que vino a ver qué pasaba. Nos asustamos un poco".

"
¿Te enteraste lo que le pasó a la piba que trabajaba en la municipalidad? Vió el auto en unas filmaciones, nos avisó, y al otro día la suspendieron. La familia de Eric fue a ver el video. Cuando pasa el coche la imagen se distorsiona, el resto se ve normal. ¿Qué opinás? Algo pasa, algo raro".

A partir de esos sucesos comenzamos a manejarnos con mucho cuidado. Siempre nos movemos acompañados y tratamos de no ir a zonas en donde la situación se nos pueda escapar de las manos.

Aunque es doloroso y bastante difícil, tratamos de ser más fríos al momento de analizar las situaciones, controlamos los impulsos y los sentimientos que nos invaden, no nos ponemos en riesgo.

Es domingo y realizamos una nueva protesta frente a la comisaría, todo sigue igual. Las denuncias que reciben quedan en la nada

Al finalizar la jornada, a eso de las siete de la tarde, dos hombres se me acercan. Me piden que junte a mis amigos y que nos dirijamos a una casa de fotografías que se encuentra a pocas cuadras del destacamento.

Hablo con los chicos y vamos. Nos hacen ingresar por una puerta pequeña, paralela a la principal. El local está oscuro, solamente iluminado por la luz de un velador. Me invade un poco de miedo. Una vez adentro nos piden que nos sentemos y comienzan a hablar. El que toma la palabra es un hombre alto, canoso y con lentes. Lo conozco de vista, es el dueño de la tienda. De inmediato comienza su discurso.

- Necesitamos que piensen y nos digan todo lo que vieron el día del hecho. Confíen en nosotros, no somos policías, pero podemos intentar ayudar.

La cara de mis amigos demuestra lo mismo que siento yo: incertidumbre. El hombre continúa.

- El es compañero mío – señalando al hombre que lo acompaña -, nos conocemos desde muy jóvenes. Ambos nos criamos en el barrio e hicimos el servicio militar juntos. Trabajamos en la fuerza, igual como verán por nuestra edad, ya estamos retirados hace rato.

A pesar de la desconfianza le contamos con el mayor detalle posible lo que pasó. Escuchan nuestro relato con avidez, como un águila acechando a su presa, sin interrumpir. Cuando terminamos, nos comentan algo que nos da un poco de esperanza:

- Conseguimos un video grabado desde un celular en donde se ve el auto. Lo alcanzó una chica que estaba filmando los fuegos artificiales. Lamentablemente la imagen es muy mala y a pesar de realizarle diversos retoques por computadora la chapa no se ve. Con todo lo que nos dijeron más el video vamos a tratar de investigar, tenemos algunos contactos, igual no les prometemos nada. Gracias muchachos y tengan cuidado.

Nos retiramos del local con una copia del video. Copy se ofrece a llevarlo a los canales de televisión para darle difusión. A pesar de que de inmediato la filmación salió en los noticieros de Crónica, América y Canal 9, entre otros, nada sucede. No nos llega ningún llamado, ni a nosotros, ni a la familia.

Otro paso en falso, otra situación extraña que no resuelve nada.

El caso de Eric se convirtió en un hecho movilizante y emblemático para un barrio tan pequeño. Sin embargo, no es el único homicidio sin resolver que se produjo en Bonzi

El 2 de febrero de 2001, Daniel Alejandro Sosa, por ese tiempo de 33 años y padre de dos hijos, regresaba a su casa en su camioneta, cuando en la entrada de Bonzi se topó con el policía Ramón Aníbal Olivera. En una confusa situación, en la cual se denunció el intento de robo del vehículo, aunque se sospecha que en realidad fue por otro motivo, Olivera mató a Sosa de tres disparos.

Aunque el argumento del suboficial principal de la policía bonaerense en el juicio fue la defensa propia, insinuando que él era el asaltado, la justicia lo condenó a 18 años de prisión por el delito de homicidio simple. A pesar de que esta persona fue apresada, dos hombres que también están acusados por el crimen de Sosa siguen en libertad. Uno de ellos es Roque Aníbal Olivera, actualmente ascendido a subcomisario de la Seccional Séptima del partido de Morón, y el otro es David Olivera, también miembro de la fuerza, ambos son hijos del detenido y no recibieron ningún tipo de castigo por el incidente.

Es el primero de enero de 2012. Pasó un año desde el accidente

Es una fecha festiva para muchos, pero tanto yo, como los chicos y los familiares de Eric no la vivimos de tal manera. A pesar de que el recuerdo de mi amigo estuvo conmigo durante todo este tiempo, el aniversario golpea de forma más dura. Sacude mi cabeza y comienzo a pensar en todo lo sucedido.

¿Sí ese día hubiéramos tardado unos minutos más en saludarnos? ¿Qué habría pasado si estacionábamos la camioneta en otro lugar? ¿El accidente hubiera ocurrido? Esas preguntas revolotean en mi mente. Aunque le doy vueltas y vueltas, mi conclusión es sencilla: nunca lo sabré.

Con el correr de los meses el caso se fue diluyendo, los medios perdieron interés y en el barrio no se realizaron más caravanas

Debo admitir que bajé los brazos, casi todos nos rendimos. Excepto una persona: Débora Monti, hermana de Eric. Ella se convirtió en el sostén emocional de su familia. Además de cuidar de su pequeño hijo, debe apuntalar a su madre que nunca podrá superar esa gran pérdida. Ir de visita a su casa me causa una gran pena. Varias veces Leo y yo nos acercamos a saludar y cuando la mamá de Eric nos ve, se larga a llorar. Nos agradece por todo lo que hicimos, por haberlos acompañado. Sin embargo, siento que nada fue suficiente.

En cambio, Débora siempre se muestra íntegra. La conozco incluso desde antes que a Eric, ya que era mi profesora de inglés en la secundaria. Una gran docente y aún mejor persona. Ella sigue marchando. Continúa asistiendo a las fiscalías. Recibe llamados y sigue peleando como desde el primer momento. Su valentía y convicción son admirables.

Encontró el apoyo que necesitaba en una asociación no gubernamental llamada “Familias de Víctimas”, la cual se encarga de juntar a familiares, amigos y vecinos de argentinos asesinados para buscar justicia e inculcar conciencia sobre el derecho a la vida. El grupo se formó en 2009, utilizan las redes sociales para comunicarse y los últimos domingos de cada mes se manifiestan en el Congreso u otros lugares simbólicos de Buenos Aires. El logro más importante que están consiguiendo junto con otras agrupaciones, es que la Cámara de Diputados cambie la ley para los asesinos al volante y que no sean más juzgados por accidente u homicidio culposo, sino que sean tenidos en cuenta como delito.

En Argentina la situación vial es crítica y clama acciones serias y efectivas para sanear el sistema y evitar más pérdidas. Según la Asociación Civil “Luchemos por la Vida”, Argentina ostenta uno de los índices más altos de mortalidad producida por accidentes de tránsito: unas 8 mil víctimas fatales por año. En 2011 la cantidad de caídos fue de 7.517, de los cuáles 2.711 se produjeron en la provincia de Buenos Aires.

No se trata sólo de números fríos y estadísticas, sino de vidas humanas. Hombres, mujeres y niños. Miles de familias destrozadas.

Los accidentes de tránsito en Argentina son la primera causa de muerte en menores de 35 años, y la tercera sobre la totalidad de los habitantes. Las cifras de muertos son elevadísimas comparadas con las de países más desarrollados, llegando a tener 8 o 10 veces más víctimas en relación al número de vehículos circulantes.

Son las cuatro de la tarde del 10 de febrero de 2012. Día en el que Eric cumpliría 26 años

Estoy parado frente a una virgen colocada en el lugar del accidente. Frente a ella, pintada sobre el asfalto de la calle Lino Lagos, una estrella conmemorativa.

Decidí venir para saludar a mi amigo. Podría haberlo hecho en el cementerio, pero nunca fui. Es mi deuda pendiente. Me causa mucho dolor, y estoy convencido de que allí solo se encuentran los restos físico de lo que una vez fue Eric. En cambio, su alma y su esencia están presentes en donde cada uno decida recordarlo. Me quedo unos minutos, rezo por él en silencio y regreso a mi casa.

Luego de algunos meses hablo con Débora. Ella me pone al tanto de la situación legal.

- La investigación es llevada a cabo por la Unidad Funcional de Instrucción 6 de San Justo. La fiscal se llama Mariana Soggio.

Escucho intrigado mientras mi mirada se posa sobre las pecas que cubren el rostro de Débora. Son similares a las que poseía Eric. Nunca había prestado atención al gran parecido de ellos dos.

- Se les está siguiendo la pista a dos personas que tienen varias coincidencias que los pueden incriminar- continúa explicando -. El problema es que las denuncias son de terceros y ninguno es un testigo clave. Igualmente, estamos un poco más cerca. Hay que tener fe.

Hoy, a un año y diez meses, la situación es un poco más esperanzadora

Se está trabajando en el caso y tal vez se pueda hacer justicia. Aunque no llene el vacío enorme que dejó la partida de Eric, sería algo que traería un poco de tranquilidad a su familia.

Son las diez de la noche y estoy con mis amigos comiendo un asado. Si bien seguimos sintiendo una gran angustia por la muerte de Eric, aprendimos a recordarlo de manera alegre.

Hori, con su característico sentido del humor, se acuerda de las tardes de entrenamiento junto a él:

- Nunca corrí tanto en mi vida. Tenía un estado tremendo, no le podía seguir el ritmo. Igual del susto que me pegue una vez que nos quisieron afanar, creo que lo dejé dos cuadras atrás - cuenta entre risas.

Jean Paul revive el recital de Metallica, mítica banda de metal de los Estados Unidos, al cual asistió con Eric:

- Que quilombo fue ese día. Los pogos que se armaban eran tremendos. Saltábamos de acá para allá. Fue una fiesta.

Mientras nos sirve la carne que recién sale de la parrilla, Leo, que ofició de cocinero, comenta sobre sus jornadas laborales:

- No podíamos trabajar juntos. Íbamos en el auto mirando minas por todos lados. Siempre tardábamos un montón. Que mujeriego que era. Una vez casi chocamos porque me hizo dar vuelta la cabeza para mirar a una rubia.

Las anécdotas se suceden una tras otras. Yo no realizo ningún comentario. Escucho con alegría todas las vivencias. En mi interior recuerdo las discusiones con Eric sobre fútbol, los partidos de paddle, las noches de boliches, todo lo compartido con mi amigo. Y pienso. Pienso en lo dura que a veces es la vida – como se dice popularmente - cuanto te da y cuanto te quita.

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Escrito por Diego Marasia

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