El palestino (por Gustavo Grazioli)


Algún hombre desgraciado a quien la inexorable fatalidad persiguió con encono, cada vez con más encono, hasta que sus cantares, hasta que sus cantares fúnebres de su esperanza tuvieron por único estribillo: ¡ Nunca! ¡Nunca Más!

Edgar Allan Poe, El cuervo.

Escribir no era una tarea amable. Le costaba que otra gente leyera las palabras que depositaba en los papeles. Muchas de las personas cercanas a él, que habían tenido la oportunidad de leerlo, lo halagaban por su desempeño creativo pero nada de eso lo llegaba a convencer de que debía animarse a publicar alguna de sus historias.

Varios años se mantuvo en la negación a publicar, hasta que apareció una muchacha; compañera de taller literario del cual participaba. Ella era la única persona con acceso a todos sus trabajos. Se desconoce el motivo real de esto. Hasta el momento, la cosa se daba de esta manera. Lecturas íntimas.

Sus amigos insistían que era la primera vez que veían una actitud de estas características; afirman que se trata de un nuevo amorío, si no, no hay explicación para tal entrega y desenvolvimiento. Como podía ser que todas las obras pasaran solo por las manos de esta joven muchacha. Siempre que se reunían solían hacer algún chiste con estas situaciones, para conseguir un poco más de versatilidad para con ellos y lo único que conseguían eran rotundas ausencias sin previo aviso.

Se enteraban al mes, porque no seguía yendo. Entre angustias sentía grandes deseos de ser leído, cuando esta mujer realizaba sus críticas a cada una de las cosas que escribía. Mientras todos intentaban descifrar la cabeza de pluma tímida - así gustaba llamarlo su gente más cercana - este escribía día y noche, cualquier historia delirante, policial o de guerra. No le importaba como hacerlo, ni de que manera utilizaba las palabras. Tan solo escribía.

Pasaba muchas horas en su habitación, así que cuando salia al sol, cubría sus ojos con unos lentes negros que solía usar cuando necesitaba plata. A la hora de comer, le resultaba más productivo narrar una historia de un gran comensal, antes que cocinarse. En tres meses perdió diez kilos. La cara mostraba una mandíbula muy pronunciada, cuando siempre había tenido una fiel papada. Y los ojos tenían una cobertura negra que se arqueaba casi hasta los pómulos; la gente creía que era maquillaje. Algunos extrañados, al verlo así, le preguntaban si estaba usando algún maquillaje y lo que contestaba era: " le robo horas al sueño para escribir".

Pasar las noches, constaba de cigarrillos mentolados, cervezas y varios libros de poesías. En general no tenía preferencias con la poesía pero siempre leía el mismo poema: El Cuervo, de Poe. Otras noches, cuando iba la muchacha del taller, se convertían en versiones modernas del imperio romano; gustaban de disfrazarse con vestimentas épicas o hacer representaciones escabrosas de Romeo y Julieta, por ejemplo. O tal vez, alguna versión libre de alguno de sus cuentos.

En una de esas noches de prontos placeres fue al baño, mientras ella limaba sus uñas. Como se demoraba bastante en salir, la mujer se levantó de la cama con una camisa que le llegaba por las rodillas y el pelo, totalmente revuelto. Hablaban en voz alta, mientras observaba la estantería con libros y una de las bateas que había armado con discos antiguos. Detuvo su vista en uno de los libros, porque había una hoja que sobresalía, y sin resistir a la más mínima tentación por averiguar de que se trataba, la sacó.

Era la carilla de uno de los posibles finales de una novela. Cuando salió del baño la vió ahí parada y preguntó:
- ¿Qué haces ahí? ¡No me gusta la intromisión! - dijo con ánimos de asustar.
- Perdón, quería saber de que se trataba esta hoja - estiró su mano para alcanzársela.

Miró con cierto asombro, como sin recordar haber escrito algo así. Cada párrafo que iba leyendo hacía expresiones de asombro.
- ¿De donde sacaste esto? - preguntó un poco más relajado.
- De ahí - contestó, señalando el lugar.
- ¡Esto es fabuloso! Acá esta lo que estaba buscando para el toque final de lo que quiero publicar.

Ambos se abrazaron y sonriendo, ella en una expresión de cariño besó su frente. Quedó sorprendido, por esta reacción y desestimó cualquier confusión. Continúo hablando de lo que sería el lanzamiento de la publicación que haría.

- Quiero imaginar que antes de publicarla, voy a ser la primera que va a leerla - preguntó casi respondiéndose.
- Por supuesto. Sólo que esta vez ademas de leerla, vas a escribirle el prólogo - asintió.
- Tarea difícil, pero acepto el desafío - respondió alzando su vaso con cerveza.

Dejaron el papel sobre la mesa, apoyándole un vaso con agua para que no se volara. Terminaron la cerveza que quedaba y derrotados en la cama, se durmieron. Tenían un arduo trabajo por hacer, ambos. Por un lado estaba la encuadernación del material para la publicación y por el otro, la escritura del prólogo. Con un ojo entre abierto, por la música de tango que se colaba por la ventana, desde la casa del vecino, ella se levantó con muchas ganas. Preparó algo para desayunar y la maquina que utilizaba para escribir.

Mientras tomaba su café con alguna tostada quemada, pensaba como enfocaría el prólogo. El gato, debajo de la mesa, se frotaba entre sus piernas. Lo levantó y deslizo su mano por el lomo del mismo. El gato mostró su agradecimiento besándole la mano entre ronroneos constantes. Lo dejó en el piso y dando un mordisco a la tostada, comenzó a escribir algunas lineas.

Al sacudirse las migas de las piernas, el gato entendió que lo estaba llamando y se subió a sus blanquecinas piernas. Lo volvió a poner en el piso con una expresión de enojo
- "¡Basta Palestino!" - y no hubo caso.

En busca de más caricias, dió un salto a la mesa. Al ver esto, enfureció. Con un diario doblado intentó reprenderlo por esta acción y en fracciones de segundo esquivó la estirada que hizo con el diario, provocando que golpeara el vaso que sostenía a la hoja. Volcando el agua encima de la hoja, gritó muy fuerte y se le derramaron algunas lágrimas.

Al escuchar todo el escándalo despertó de un salto. Cuando fue hacia la cocina, encontró la hoja con su final totalmente ilegible y a ella con la cabeza del gato en su mano.

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Escrito por Gustavo Grazioli

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